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22Ene
  • By Litoral
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El árbol de la vida en un bosque de palabras e imágenes, por Francisco Calvo Serraller

Aunque la poesía y la pintura ―o, si se quiere, por extensión, la literatura y las artes plásticas― han tenido aparentemente una existencia por separado, cabe dudar si habrían resultado ser lo que históricamente han sido de no haber establecido siempre una indeclinable coyunda entre ellas. En primer lugar, por ser ambas una representación de la realidad, una capacidad creadora que al ser humano le ha hecho ser lo que es: un ser iluminado por la consciencia; es decir: alguien capaz de desdoblarse, de reflejarse, reflexionar o, en fin, si se quiere, de verse desde fuera, que es lo mismo que preverse. Los signos de esta previsión pueden ser de muy diversa especie, material o inmaterial, pero apuntan a un mismo fin comunicativo, cohesionador. Lo que, a la postre, enlaza lo narrativo y lo visual es, en efecto, lo simbólico, término etimológicamente de origen griego ―simbolein―, que significa «unir», se entiende que las partes, mientras que su opuesto ―diabolein―, de donde procede «diablo», significa «separar».

Los griegos, inventores de eso que llamamos arte, nunca dudaron acerca de la importancia crucial de la narración, del relato, para ahormar la función del arte, distinguiendo al respecto incluso lo que este tenía de inspiración ―«posesión o rapto divinos»―, y de expiración ―«memoria histórica». En el debate de qué debería ser prioritario en el recuerdo, según un criterio artístico, opinaron los principales pensadores griegos, Sócrates, Platón y Aristóteles, pronunciándose con una rara unanimidad siempre a favor de la inspiración, lo genuinamente poético. Ahora bien, lo poético excede lo que académicamente conocemos como «poesía», porque puede hacerse mediante palabras y/o imágenes. En este sentido, es plenamente poética y, por tanto, simbólica, una simple mano grabada en la arcillosa pared de una cueva rupestre de la era prehistórica, porque, además de su apariencia formal, posee un significado, por muy oscuramente misterioso que este sea todavía y siempre para nosotros. No es en absoluto un producto meramente inconsciente, aunque deba negociar constantemente con el más allá o con él por debajo de la conciencia.

Pero, volviendo a los griegos, que nos hicieron como somos, quiero aludir, por una parte, a lo que sentenció Platón en el Fedro, a pesar de su reluctancia para con el arte en general, sobre que «la poesía de los locos eclipsa a la de los sensatos», y, por otra, a lo que dijo después Aristóteles en su Poética, resolviendo un conflicto heredado, sobre que la misión del arte era lo verosímil mejor que lo verdadero, pero también, y sobre todo, lo que dictaminó este mismo sobre cómo la poesía era superior a la historia, pues «el historiador y el poeta no difieren por decir las cosas en verso o no (…), sino que difieren en que uno dice lo que ha ocurrido y el otro qué podría ocurrir. Y por eso la poesía es más filosófica y noble que la historia, pues la poesía dice más bien las cosas generales y la historia las particulares». O sea: que, a la postre, Platón y Aristóteles coinciden en dar prioridad a lo poético ―la inspiración―, sobre lo histórico ―la expiración.

De una forma abruptamente sintética, he tratado de resumir el fundamento teórico del arte clásico con la intención de explicar la homologación entre las artes hasta nuestra época, durante la cual se ha roto con el patrón o canon y se ha dedicado a explorar denodadamente alternativas sin, por el momento, hallar un asidero convincente. Pues bien, lo que estableció el canon era que, si quieres contar algo, tienes que tener algo que contar, y, si lo tienes, es mejor que inspires a que expires; es decir: que tengas aliento poético en vez de ser un simple aburrido notario.

¿Y qué es lo que se puede contar? En realidad se puede hablar de todo, pero nuestros ancestros, tan raros ellos, consideraron que semejante facundia debía ceñirse prioritariamente a lo excepcional, es decir: dar preeminencia a lo sagrado sobre lo profano. Tenemos sobradas noticias de la coexistencia tradicional entre oráculos y habladurías, cuya enjundia quedaría compilada en una jerarquía de géneros, que se mantuvo válida hasta casi las puertas de nuestra época.

A estas alturas, sea como sea, tengo que poner coto a mi divagación, que ha girado, con mejor o peor fortuna, sobre el lazo que unió el relato mediante el verbo y la imagen, finalmente formulado con la apodíctica frase horaciana de ut pictura poesis, por la que se equiparó la poesía y la pintura gracias al nudo mágico de lo narrable. Este principio se mantuvo, en efecto, firme en la cultura occidental hasta prácticamente nuestros días, incluso durante la Edad Media, cuya cultura tan injustamente desacreditada por el clasicismo renacentista mantuvo, con todas las precariedades materiales que la afligieron, los principios básicos de la paideia grecolatina, aunque cristianizase su relato. Porque fue entonces cuando se crearon las universidades, entre otras cosas. Es cierto que la literatura artística conservada de este periodo está cortada por el patrón de los recetarios, concordante con la estructura de los gremios, pero también lo es que las maravillosas obras producidas están impregnadas de complejos relatos y una sofisticada ideología estética cristiana. Por lo demás, aunque el estatuto del artista como sabio liberal no tomó carta de naturaleza hasta bien adentrada la época moderna, ello no nos ha privado de algunos muy elocuentes testimonios como el que nos ofrece el mismo Dante en la Divina Comedia, cuando cita a Cimabue y a Giotto como figuras egregias del arte de la pintura.

Amplissimus pictoris opus non colossus sed historia, escribió Leon Battista Alberti en el libro segundo de su tratado De pictura (1465), para, a continuación, añadir: Maior enim est ingenii laus historia quam colosso, lo cual podríamos traducir como «la importancia de un cuadro no se mide por su tamaño, sino por lo que cuenta, por su relato». Este énfasis en la narratividad de la imagen confirmaba el antiguo mandato clásico, al que añadió también el genial artista y sabio florentino la necesidad de estudiar geometría, quedando así reunidas las dos grandes avenidas de las artes liberales: la retórica y la matemática. Pues bien, este canon, diríamos, «del contar cosas edificantes de la mejor manera», sea a través de las palabras o de las imágenes, se mantuvo incólume hasta el ecuador del siglo xviii.

Pero una cosa es que el arte narre sucesos y otra que suceda el arte, cuya naturaleza es indisociable de la inspiración. El griego Simónides de Ceos y, luego, el romano Horacio resolvieron la cuestión unificando las artes mediante un mismo aliento poético, que homologaba la palabra y la imagen, intercambiando sus respectivos medios, de manera que las artes visuales eran «poesía muda» y las verbales, «pintura hablada». Cesare Ripa, en 1593, consideró semejante la finalidad de ambas, pues consistía en «persuadir» mediante el ojo o mediante la palabra en vistas a activar o excitar por igual la voluntad. Pero casi exactamente tres siglos después de la publicación del tratado De pictura, en 1766, el alemán G. E. Lessing, en su ensayo Laocoonte o sobre las fronteras de la poesía y la pintura dio un revolucionario vuelco a la cuestión al señalar, en el capítulo xvi del mismo, la incompatibilidad mediática entre las artes literarias y las visuales, pues, según él, las primeras representan acciones, mientras las segundas, cuerpos, lo que, en última instancia, significa que el régimen de aquellas es temporal y el de estas, espacial. Desde tal perspectiva, el dictado clásico del ut pictura poesis, que alentaba la estrecha colaboración entre estas artes fue denunciado como contraproducente y desnaturalizador para cada una de ellas. La ocurrencia de Lessing no solo abrió el criterio formalista para juzgar las artes entre el último tercio del siglo xix y el primero del xx, sino que animó la fervorosa campaña para desliteraturizar las artes visuales, que alcanzaron un nivel casi máximo de insignificancia.

Aunque ya se esté de vuelta de esta, nunca mejor dicho, «verdad a medias», consiguió abrir un foso de perplejidad respecto a lo que entendemos hoy por arte. En cualquier caso, se haya pensado lo que se haya pensado históricamente al respecto, casi ningún escritor se ha privado de inspirarse en las imágenes artísticas, ayer u hoy, ni los artistas visuales han dejado, a su vez, de inspirarse en la literatura, como así lo acredita un repaso por entre la ingente producción histórica de ambos. ¿Será quizás porque nunca la inspiración podrá estar condicionada y, menos, limitada por la expiración; es decir: nunca lo correcto, el derecho, nos impedirá una exploración torcida, extravagante?

Por otra parte, la presunta desliteraturización del arte fomentó paradójicamente el interés de los poetas por la pintura y el de los pintores por la poesía, para dar cuenta de todo lo cual, durante el siglo xx y lo que va del xxi haría falta asimismo un inventario con varios volúmenes. Quizás porque el ser humano es más fértil cuando simboliza que cuando diaboliza; cuando suma mejor que cuando resta; cuando une mejor que cuando separa.

¿Esto es lo fundamental, aunque resulte insuficiente? Pienso que sí. De todas formas, voy a resumir, desde mi punto de vista, el fundamento: la inspiración es un sondeo, una interrogación, mientras que la expiración es el procesamiento de una información, una respuesta. Desde esta perspectiva, uno no puede dar la razón a los antiguos, ni a los modernos. Se tiene que conformar con el hecho de que nada merece llamarse arte sin el velo del poetizar.

Este aliento poético precede a cualquier resolución retórica determinada, a cualquier formulación histórica, porque, una y otra vez, se orienta hacia el origen, cuando el arte se produjo por vez primera y para siempre. Es, en definitiva, el regreso hacia el árbol de la vida entre un bosque de palabras e imágenes.

 

Francisco Calvo Serraller