El automóvil. Poesía y arte sobre ruedas —RL267— Edición impresa

En 2018 las ventas mundiales de automóviles superaron por primera vez los 90 millones de unidades. En la actualidad se calcula que hay, aproximadamente, más de 1.300 millones de vehículos en uso, lo que representa una unidad por cada siete personas. Las cifras no necesitan comentarios adicionales, pero fueron suficientemente estimulantes para dedicar un número al automóvil y cerrar el ciclo de medios de transporte: Líneas marítimas (nº 254), El arte de volar (nº 256) y Trenes (nº 262).

La irrupción del automóvil en la vida cotidiana fascinó a los escritores vanguardistas. Marinetti declaró que era «más bello que la Victoria de Samotracia». La admiración no ha disminuido y prueba de ello es el recuerdo que Gil de Biedma tiene del coche familiar, «bello como una máquina de guerra». Aunque no han faltado críticos de la talla de Pessoa («El automóvil, que hasta hace poco parecía darme libertad, / es ahora una cosa donde estoy encerrado»), e incluso descalificadores, como Auden («invento vil / dañino y criminal»).

Este número de LITORAL acoge a autores y artistas plásticos que se han ocupado del invento de las cuatro ruedas, tratándolo en su totalidad o despiezándolo en faros, parachoques, frenos, volantes, parabrisas, neumáticos, tubos de escape, retrovisores, etcétera. Se hace difícil dar con una pieza del motor o la carrocería que no haya merecido atención. Además, los asuntos inherentes como carreteras, gasolineras, semáforos, desguaces, atascos, aparcamientos, talleres y, no podía faltar, el coche como lugar de encuentros sexuales.

El texto de apertura lleva la firma de Justo Navarro. Alexis Díaz-Pimienta rememora los vistosos automóviles de La Habana de su infancia y Guillermo Busutil su experiencia como autoestopista. Otros colaboradores escriben sobre el automóvil en el cine (Juanma Ruiz), la música (Manuel Bellido Mora) y el cómic (Juan Maldonado). Finalmente, Antonio Soler, Juan Manuel Villalba, María Zaragoza, Aixa de la Cruz, Llucia Ramis, Javier Puche, Manu Espada y Rubén Martín Giráldez reflexionan sobre fotografías emblemáticas de automóviles.


EDITORIAL

Ha pasado más de un siglo desde que se pusiera en funcionamiento el primer automóvil tal como lo conocemos hoy en día. Desde entonces esta máquina se ha convertido en el objeto de deseo por excelencia del ser humano, en la carrocería de nuestros mejores sueños, porque como dijo Gillo Dorfles, «el automóvil ha tenido siempre la prerrogativa de ser un objeto con el que nos vestimos, un objeto para ponerse, un objeto, en suma, que es parte integrante del propio yo social, casi al igual que nuestro propio traje y nuestra propia piel». Un objeto de propulsión propia que tuvo desde sus inicios la belleza de unos diseños inigualables, convirtiéndose inmediatamente en una extraordinaria y compleja obra de arte, que además podía desplazarnos de un lugar a otro para mostrar entre otras cosas la velocidad del paisaje.

Fueron los vanguardistas los primeros que se atrevieron a hacer comparaciones, «el automóvil de carrera es más bello que la Victoria de Samotracia», dejó escrito Marinetti, y en algunos manifiestos posteriores se leía: «Un buen Hispano-Suiza es una OBRA DE ARTE muchísimo más perfecta que una silla de manos de la época de Luis XV». En el Manifest Groc de 1928, con Salvador Dalí entre sus artífices, se establecía que el maquinismo había verificado el cambio más profundo que había conocido la humanidad. Y tenían razón, noventa años después podemos decir que el automóvil es cultura en todas sus manifestaciones artísticas, literarias y poéticas.

El coche ha sido y será siempre la reina de la belleza de todas las máquinas. Seres como Henry Ford con su Ford T, Ferdinand Porsche, artífice de coches míticos como el Mercedes Benz SSK y el escarabajo de Volkswagen, Harley Earl con sus Cadillacs y Corvettes, Frank Hershey y su espectacular Thunderbird, L. David Ash creador del Ford Mustang, Giorgetto Giugiaro que fue elegido el diseñador de coches del siglo con BMW, De Lorean, Lotus o Maserattis entre sus diseños, o Sergio Pininfarina y sus Ferraris que nos enseñaron el rojo exacto e imposible que debe que tener el deseo. Volviendo a las comparaciones podría decirse, sin derramar ninguna copa, que cualquiera de ellos podría sentarse a la mesa con Leonardo, Miguel Ángel, Rembrandt o Picasso y emborracharse hablando de este objeto que tiene ruedas, que es bello, que ruge como un animal, que fascinó a Dalí y a Warhol y que tiene la potestad de dibujar nuestro destino o el de James Dean cuando está en movimiento.

Ramón Gómez de la Serna nos iluminaba en una greguería diciéndonos que «un foco de automóvil proyectándose sobre nosotros nos convierte en película», y en ese destello nos hemos quedado, protagonistas de un viaje donde los kilómetros se miden por textos y pinturas, en un escenario de asfalto compartido con garajes, gasolineras, semáforos, retrovisores, neumáticos… y la complicidad del cine, la música, la fotografía, el diseño gráfico o el cómic, siempre fieles compañeros de cualquier aventura que pretenda ser en sus límites interminable.

Nunca la máquina y la poesía tuvieron en este Litoral tantos caminos que recorrer. Vamos a abrir la puerta, acariciar la llave, encender el motor y apretar el acelerador para que la máquina nos lleve otra vez desde el principio hasta nuestra casa.

LORENZO SAVAL