Ciencia y poesía. Vasos comunicantes. RL 253 (Ed. impresa)

¿Ciencia y poesía, literatura y ciencia, son partículas que giran alrededor de un núcleo llamado conocimiento, como sucedía en la Antigüedad clásica, o tienden a expandirse, a separarse una de la otra al modo de un big bang? ¿Qué relaciones han mantenido ciencia y religión? ¿Qué enfoque de la ciencia adoptaron los poetas clásicos chinos? ¿Qué visión de los médicos ha ofrecido, desde sus inicios, el cine? ¿Cuáles deberían ser las prioridades de la ciencia de cara al bienestar humano? ¿Cuál es el futuro de la ciencia en relación con la literatura? ¿Qué ofrece al arte electrónico?
Coordinados por el responsable de la edición Antonio Lafarque —coeditor con José Antonio Mesa Toré de otros monográficos como Animalia, La ciudad en las artes y la literatura y Escribir la luz— y Lorenzo Saval —director de la revista—, un escogido grupo de colaboradores, procedentes de diversos ámbitos, dan respuesta a estas cuestiones: Federico Mayor Zaragoza, Juan Antonio González Iglesias, Francisco Fortuny, Jesús Aguado, Jordi Batlle Caminal, María Navarro, Cristian Munitiz, César Nombela, Blanca Montalvo, Eduardo Chirinos y Carlos Briones demuestran que la visión de la ciencia y la literatura no tiene que adoptar necesariamente un gesto adusto e inflexible, ni ser incompatible en la práctica, como pusieron de manifiesto los premios Nobel de medicina españoles Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa al compaginar la tarea investigadora con la dedicación a la pintura, la fotografía y la literatura.
Algunos de los más influyentes científicos como Darwin, Curie, Freud, Newton o Einstein son retratados por poetas de diferentes tendencias y generaciones. Éstos, los poetas, se han ocupado de todas las ciencias y, por ello, matemáticas, medicina, alquimia, física, farmacia y química desfilan con sus rasgos más característicos. Otras ciencias también importantes para los escritores tuvieron protagonismo en entregas muy cercanas. Así, la zoología corrió por las páginas del número 240 (Animalia), la arquitectura se construyó en el número 244 (La ciudad en las artes y la literatura) y la astronomía brilló con luz propia en el número 247 (La noche), a pesar de lo cual hemos reservado un rincón del universo del presente número a la astronáutica. La vocación humanista de Litoral reclamaba una posición de privilegio para la medicina y decidimos que fuera la reina de nuestras ciencias. Ninguna otra se ha ocupado tanto y tan bien del ser humano, y sus interminables ramificaciones conectan con las restantes ciencias extrayendo lo mejor de ellas en nuestro beneficio.

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