El arte de volar —RL 256— Edición impresa

Este Litoral se ha construido con los mismos planos que Líneas marítimas, su antecesor en esta serie dedicada a los medios de transporte. Si antes había capitanes, faros y barcos, ahora hay pilotos, aeropuertos y aviones. Los pasajeros siempre serán los mismos, no importa como viajen, si por mar, aire o por tierra, la poesía siempre los encuentra, abrazados en un muelle, en una lista de espera o solos en una carretera.

Y con esos planos en la mano pudimos cambiar buzos por paracaidistas o trasatlánticos por zepelines sin alterar demasiado el rumbo, aunque fuera ahora el vuelo como idea poética, lo que llevamos en el equipaje.

Los pioneros, en este anhelo de volar, nos dieron el primer impulso.

La aventura en el aire de Ícaro, las máquinas voladoras con alas de pájaro de Da Vinci, ese «volé tan alto, tan alto» de San Juan de la Cruz, hasta llegar a los cielos inflados que fueron los Montgolfier o a los primeros levitadores que, a finales del siglo xix, escribieron las primeras líneas de la historia de la aviación y también el más serio manifiesto en favor de la locura de que se tenga existencia. Más tarde apareció una rara avis, el aeroplano, máquina prodigiosa, fascinante desde sus inicios que ha revolucionado el tiempo y el espacio de nuestras vidas y que, en definitiva, es el eje que mueve el motor de este Litoral.

Hemos visitado a través de la poesía, el arte y el microrrelato, hangares y aeropuertos, visto despegar y aterrizar aviones, nos hemos elevado en globos, helicópteros y amerizado en hidroaviones, sentido el miedo a volar, hecho acrobacias, aviones de papel y saltado en paracaídas.

Aviadores y escritores también se han elevado en el cielo de estas páginas, algunos con muchas horas de vuelo en la literatura y en las nubes, como D’Annunzio o Saint-Exupéry y otros héroes de la aviación o grandes pasajeros de la literatura.

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