La poesía del flamenco – RL 238 – Edición impresa

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    La poesía del flamenco
    Litoral nº 238

    Me vienen a la memoria unos versos de José Bergamín, poeta por sangre y por escritura tan cercano siempre a nuestra revista, que fueron publicados (?en el nœmero que celebrabf?a los veinte años de Litoral en su cuarta época […]

    Año: 2004

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Me vienen a la memoria unos versos de José Bergamín, poeta por sangre y por escritura tan cercano siempre a nuestra revista, que fueron publicados en el nœmero que celebraba los veinte años de Litoral en su cuarta época, esto es en 1988.

Esos versos, que debemos calificar como cabales tanto por ser una percepción acabada y completa del flamenco como por su sincera afición a este arte de oscuras raíces, dicen así:

Cuando escucho en tu guitarra
un cante por soleá
oigo en mi alma un silencio
que es música de verdad.

Música tan de verdad
que las estrellas se callan
para poderla escuchar.

El origen popular, humilde e, incluso, marginal del flamenco nunca fue obstáculo para que intelectuales, artistas y poetas cultos se sintieran atraídos hondamente por su autenticidad y misterio. ¿Qué otra cosa es la poesía o el arte? Misterio y verdad. Bergamín, como tantos otros compañeros de su generación, la del 27 “Lorca, Alberti, Diego, Aleixandre, Moreno Villa, Garfias” y de los de otras anteriores “Rueda, Darío, Unamuno, los Machado, Baroja”, no quiere ser insensible a la llamada de ese fatal grito de alegría o dolor que es el flamenco, de esa música tan de verdad. Ellos sabrán intuirlo de igual manera que supieron verlo en los nuevos ritmos del Jazz. Después de todo, las raíces de una y otra música parecen venir de profundidades muy similares.

De ahí que la revista Litoral ya desde su primer número, aquel de Noviembre de 1926 (es más, desde la primera de sus páginas en la que se imprimen bajo el título de Romances Gitanos tres poemas de Lorca), se haga eco repetidamente del flamenco. Así en el tercero, en Marzo de 1927, Ernesto Giménez Caballero firma la prosa “Con guitarra negra: malagueñas”; en el cuarto, en abril de 1927, Rogelio Buendía publica una primera copla de Columpio; y en los números 5, 6 y 7, octubre de 1927, los del homenaje a Luis de Góngora, los pintores Juan Gris, que ilustra la portada, Manuel Ángeles Ortiz y Uzelay se inspiran en la magia de la guitarra española para sus colaboraciones.

Cuando en 1968 José María Amado decide continuar la empresa poítica y editorial de Prados y Altolaguirre, con una nueva Litoral, el ambiente que le rodea, los amigos y artistas que van a apoyarle (José Bergamín el primero, y Alberti, y Picasso, y Antonio Ordóñez, y Antonio Gades, y Francisco Moreno Galván y tantos otros) son entusiastas de las manifestaciones m‡s genuinas de la cultura española: así los toros y el flamenco, claro está que con una intención y un sentimiento en las antípodas del folclorismo del Régimen. Esto quedará reflejado en muchos de los números de Litoral que abrían la esperanzadora época de los años setenta.

A fin de cuentas, tanto para los artistas del 27 como para los que ahora alientan a Amado, Málaga se había hecho ya con un nombre envidiable en la Historia del flamenco, algo que ya había subrayado con un solo (pero rotundo) calificativo Manuel Machado en su “Canto a Andalucía).

Cádiz, salada claridad. Granada,
agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería, dorada.
Plateado, Jaén. Huelva, la orilla
de las tres calaberas.
….. Y Sevilla.

Y que Lorca, un poeta cuya obra no se podría explicar sin el venero de la poesía popular, destaca también en algunos de sus poemas lindantes con lo hondo o en sus armonizaciones de canciones populares antiguas. Recordemos, por ejemplo, su “Malagueña” en Poema del cante jondo

La muerte
entra y sale
de la taberna.

Pasan los caballos negros
y gente siniestra
por los hondos caminos
de la guitarra.

Y hay un olor a sal
y a sangre de hembra,
en los nardos febriles
de la marina.

La muerte
entra y sale,
y sale y entra
la muerte
de la taberna.

cuyos versos, imagen tan plástica de lo que debiá de ser la Málaga de aquellos tiempos, me han servido para soñar la portada de este Litoral. Suyo es también el célebre poema sobre el cantaor de Vélez-Málaga Juan Breva o la armonización de En el Café de Chinitas, que aquí se incluyen.

Por otro lado, nuestra revista estuvo siempre atenta (desde que la alumbraran Prados y Altolaguirre) a la expresión musical. En los últimos años hemos editado números, muy bien acogidos por los lectores, que trataban sobre diferentes géneros musicales: La poesía del rock, en 1989; y La poesía del jazz, en 2000. Viene, pues, La poesía del flamenco a sumarse a esta línea de publicaciones de Litoral, que, sin duda, habrá de completarse en el futuro con nuevas entregas sobre músicas que han sido parte esencial de nuestras vidas.
Para que hoy sea posible este homenaje a un mundo de tan ricas significaciones y de tanto misterio como el del flamenco, debemos reconocer el magnífico trabajo, guiado por el rigor pero también por una encomiable ilusión, de Miguel Ropero Núñez, a quien le ha acompañado en su investigación y acopio de material el profesor José Cenizo, quien además ha impulsado la edición del CD que se incluye en este número, con letras suyas y la interpretación de Calixto Sánchez, al que también queremos agradecer el que con su poítica voz le ponga un memorable broche. Asimismo, es justo reconocer que para nuesrtro trabajo nos hemos servido de la probada sabiduría de especialistas en este tema como José Manuel Caballero Bonald, Manuel Ríos Ruiz, José Blas Vega y Agapito Pageo y de los magníficos números de la revista La caña.

Tras este puñado de palabras en las que por supuesto es imposible encerrar la enorme y honda magia del flamenco, es hora ya, como dijera Bergamín, de que las estrellas se callen para poder escuchar esta música verdadera.