Los ojos dibujados – RL 234 – Edición impresa

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    Los ojos dibujados
    El autorretrato en la poesía española y el arte contemporáneos

    Litoral nº 234

    Año: 2002

    SKU: RL234. Categoría: .

Acaso la creación del artista no sea sino una intensa búsqueda del yo, por un lado, y una llamada de atención a los otros, más o menos desesperada, para que reparen en su originalidad, por otro. Ambos caminos determinan en cualquier época y lugar que el artista siempre esté hablando de sí mismo, describiéndose milimétricamente, sondeándose y descubriéndose, a veces hasta la sorpresa, a cada instante.

Narcisismo, vanidad, egocentrismo, necesidad patológica de verse, conocerse y reconocerse, el tema más a mano y más a los ojos del creador empieza y acaba siendo inevitablemente la suma del cuerpo y del alma propios. Espejos, sombras, dobles, el repertorio de hombres distintos que a lo largo de la vida caben en un solo hombre, el extraño, el extranjero que uno siente dentro de sí… son motivos recurrentes en el Arte.

¿Qué pintor no cae en la tentación de retratarse paleta en mano? ¿Qué poeta o novelista no pinta con sus palabras la fisonomía del hombre que empuña la pluma? Con inteligencia, con gravedad o burlándose de sí mismo, el artista no para de inspirarse en su imagen.

Los ojos dibujados, antología preparada por el poeta José Antonio Mesa Toré (quien también coordinó para Litoral el reciente número dedicado a La Poesía del mar), pretende dar cuenta de cómo se han visto en la luna más honda y clara del espejo los poetas españoles e hispanoamericanos del siglo XX y los pintores y fotógrafos universales coetáneos suyos.

Siguiendo una ordenación cronológica, de Miguel de Unamuno, nacido en 1864, hasta quienes apenas sobrepasan hoy los veinte años, cerca de trescientos autores nos desvelan sus pesquisas, contradicciones y conclusiones sobre el yo en dos capítulos: uno titulado SER, sobre la magia y el misterio del autorretrato; el otro, ESTAR, sobre la costumbre muy extendida entre los poetas de escribir sus nombres y apellidos dentro del mismo poema, autocitándose por si acaso nos hubiéramos olvidado de a quién estábamos leyendo.

Se acompañan las dos secciones con una laboriosa selección de los mejores autorretratos de los artistas plásticos y un estudio sobre los el periodo de las vanguardias, de manera que Litoral reúne en este número las miradas más intensas, interiorizadas, íntimas y originales de nuestra época. Los ojos dibujados en páginas y en telas por quienes han sabido miras la vida con otros ojos.

Mi cuerpo estaba allí… nadie lo usaba.
Yo lo puse a sufrir… le metí un hombre.
Pero este equino triste de materia
si tiene hambre me relincha versos,
si sueña, me patea el horizonte;
lo pongo a discutir y suelta bosques,
sólo a mí se parece cuando besa…
No sé qué hacer con este cuerpo mío,
alguien me lo alquiló, yo no sé cuándo…
Me lo dieron desnudo, limpio, manso,
era inocente cuando me lo puse,
pero a ratos,
la razón me lo ensucia y lo adorable…
Yo quiero devolverlo como me lo entregaron;
sin embargo,
yo sé que es tiempo lo que a mí me dieron.

Manuel del Cabral
La carga

 

La calavera, el corazón secreto,
Los caminos de sangre que no veo,
Los túneles del sueño, ese Proteo,
Las vísceras, la nuca, el esqueleto.
Soy esas cosas. Increíblemente
Soy también la memoria de una espada
Y la de un solitario sol poniente
Que se dispersa en oro, en sombra, en nada.
Soy el que ve las prosas desde el puerto;
Soy los contados libros, los contados
Grabados por el tiempo fatigados;
Soy el que envidia a los que ya se han muerto.
Más raro es ser el hombre que entrelaza
Palabras en un cuarto de una casa.

Jorge Luis Borges
Yo

 

Yo mismo
me encontré frente a mí en una encrucijada.
Vi en mi rostro
una obstinada expresión, y dureza
en los ojos, como
un hombre decidido a cualquier cosa.

El camino era estrecho, y me dije:
“Apártate, déjame
paso,
pues tengo que llegar hasta tal sitio.”

Pero yo no era fuerte y mi enemigo
me cayó encima con todo el peso de mi carne,
y quedé derrotado en la cuneta.

Sucedió del tal modo, y nunca pude
llegar a aquel lugar, y desde entonces
mi cuerpo marcha solo, equivocándose,
torciendo los designios que yo trazo.

Ángel González
Yo mismo